
Ya son casi las siete de la mañana, la luz empieza a filtrarse por la persiana y alumbra la pared de color blanco. El cristal del cuadro brilla reflejando toda la luz que entra.
Es hora de levantarse.
La cama está caliente. Cuesta salir.
Las siete y cuarto.
La luz aumenta su intensidad poco a poco, hasta que ya no puedo cerrar los ojos.
Me levanto.
Odio madrugar.

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